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SEGURIDAD - De la velocidad y otros excesos
Nota Publicada el : 07/07/2009 8:52:35
Por Ing. Lucas Facello
Es común considerar a la velocidad como el principal culpable de los siniestros en el tránsito.
Los más de cuarenta mil uruguayos lesionados por esa razón en la última década han aumentado la sensibilidad social ante el problema y en una actitud un tanto simplista, se ve a la velocidad como una de las grandes causas.

Esta aseveración si no es debidamente encuadrada en un análisis más profundo y sistémico de los factores de riesgo, con sus significados e implicancias, puede llevarnos a conclusiones incorrectas y exigir soluciones inadecuadas a los responsables en el tránsito.

Con frases como "la velocidad mata" se ha extendido la idea de que, para evitar siniestros debemos sólo bajar su valor, cualquiera sea el método utilizado. Así, han proliferado sorpresivos "lomos de burro" (reductores de velocidad) con variedad de ubicaciones y tamaños o la imposición de mayores valores monetarios como pago de multas a los conductores que sobrepasen cierto límite no muy comprensible o señalizado claramente.

Pero, ¿es tan culpable de los accidentes la velocidad? Como en la mayoría de los temas de tránsito es necesario realizar una lectura global sin perder el elemento específico en estudio. La velocidad es una relación entre espacio recorrido y el tiempo empleado en ese traslado y está indisolublemente unida al concepto de tránsito y de movilidad.

Siempre estamos en movimiento. Por diversas razones, todos los días viajamos utilizando algún tipo de vehículo. En Montevideo los viajes en auto y ómnibus son los más frecuentes, en el resto del país son comunes también los ciclomotores y las motos. La organización social actual nos manda circular para ir al trabajo, para educarnos y para divertirnos, entre muchas otras actividades. El ritmo que llevamos nos impone hacer más cosas en el mismo tiempo, precisamos ir más rápido en mejores vías de comunicación y vehículos más veloces. Sin embargo no nos preocupamos debidamente del aspecto más vital de la seguridad: mejor que llegar en hora es .. llegar.

Aquí aparece uno, sino el mayor de los culpables: el propio conductor. Éste, sea por impericia o imprudencia, maneja asumiendo demasiados riesgos, sin valorarlos en forma adecuada y termina, ocasionalmente, participando en un siniestro. La mayoría de esos factores causantes de accidentes están asociados a excesos, y no sólo al de velocidad.

Según el diccionario, exceso es lo que se sale de los límites impuestos, de lo ordinario o de lo lícito. También es abuso, delito o crimen (y ¡vaya que esto tiene que ver con los siniestros en el tránsito!). Pero todas estas acepciones están inexorablemente unidas a una conducta, a una decisión humana, meditada o no.

El exceso de velocidad implica un conductor que sobrepasa la máxima, esto es, el tope admisible para un tramo de vía o toda ella, impuesto por la autoridad oficial de tránsito, por una norma y, a veces, una señal. Nuestro Reglamento Nacional de Circulación Vial (RNCV), por ejemplo, fija ese valor en 90 km/h (o 110 en algunos casos) para vehículos livianos sin remolque y para ómnibus en carreteras y caminos, fuera de zonas urbanas y suburbanas. Pasarse ese límite, por ahorrarnos algún minuto de viaje, constituye una infracción que, dependiendo de donde se cometa y del exceso, tiene hoy una pena pecuniaria.

Pero, otros son los factores de riesgo que transforman en peligrosa a la velocidad. No respetar la señalización, conducir cansado, tensionado (stress) o con niveles elevados de alcohol (más de 0,5 gramos por litro de sangre) son los verdaderos excesos culpables de siniestros, en la inmensa mayoría de los casos.

El conductor es el que resuelve manejar en forma temeraria o no, aun frente a condiciones adversas, sean atmosféricas (niebla, lluvia) o viales (pavimento en mal estado, curva cerrada). No revisar el estado del vehículo, en especial la presión de los neumáticos, el dibujo de su banda de rodamiento, el nivel de líquido de frenos o el sistema de dirección, también dependen de una conducta responsable.

Otro abuso es el exceso de confianza del cual, lamentablemente, abundan los ejemplos. La señal de PARE más cercana a nuestro domicilio es la que menos respetamos. Paradójicamente un importante número de siniestros ocurre a pocos kilómetros de donde vivimos o trabajamos. Además ¿Cuántos al manejar recuerdan que para "no chocar de atrás" aplicaremos la regla de los dos segundos? O ¿Quiénes aminoran durante la noche por la sensible reducción que experimenta el campo visual al aumentar la velocidad (visión de túnel)?.

Por el contrario el acto de circular nos debe preocupar, nos hará estar alertas y "sin bajar los brazos".

Algunos conceptos de velocidad

Adentrémonos en el concepto de velocidad y sus implicancias en la seguridad vial. ¿Cuántos entienden que viajando a 60 km/h recorremos casi 17 m en un segundo? Si esto sucede en una esquina, en ese lapso, el desplazamiento es todo el ancho de la calle transversal, con las veredas incluidas. Es decir, mientras se percibe un obstáculo, entendemos lo que significa y le "ordenamos" a nuestro pie que salga del acelerador y pise el freno, se cruza toda la calle y … todavía no frenamos. Si el tiempo de reacción se prolonga también crecerá la distancia, al estar relacionados linealmente.

Más dramática es la escasa percepción que tenemos de la energía de impacto. A mayor velocidad mayor energía cinética y en relación cuadrática, es decir, al doble de velocidad cuatro veces mayor será la energía. En una colisión perderemos esa energía abruptamente, arrojando algunas espeluznantes equivalencias: chocar contra una columna a 60 km/h equivale a caer desde un quinto piso.

A la distancia recorrida durante la reacción se le agrega la de frenado efectivo. En el momento que pisamos el freno comienzan a funcionar una serie de mecanismos del vehículo que culminan en un actor primordial: el neumático. De sus características y estado, del tipo y las condiciones de la vía y del tiempo, dependerá cuando nos detendremos. A 60 km/h recorreremos más de 30 m sobre pavimento nivelado, seco y con neumáticos en buen estado o, más del doble si el suelo está mojado. Si duplicamos la velocidad, las distancias de frenado anteriores, como ocurre con la energía de impacto, se multiplican por cuatro, aproximadamente.

La falta de sensibilidad ante estas realidades científicas es una de las explicaciones de porque se asume un elevado riesgo al manejar con exceso de velocidad.

Otra de las razones es la diversidad de lecturas de la velocidad, no comprendidos en su totalidad y complejidad. A modo de ejemplo veamos cinco lecturas que coexisten:
  • La velocidad de proyecto. Utilizada para establecer las características geométricas de la vía de circulación (calle o camino). Este valor resume años de teoría y práctica en proyectos viales y define la configuración en planta y perfil de la vía, sus pendientes, peraltes (inclinación lateral) y radios de curvatura, entre otros. El diseño de las zonas de adelantamiento prohibido, la ubicación y el tamaño de la señalización vertical y horizontal y sus detalles también utilizan esta magnitud.
  • La velocidad máxima legal que, como ya explicamos, es fijada (norma y/o señal) por la autoridad competente sobre la vía.
  • La velocidad deseada por el conductor. Obviamente es la más variable dependiendo del estado del chofer, de sus prisas y del riesgo aceptado. Es común que asumamos ciertos peligros por ahorrarnos tiempo de viaje, por poco que este sea. ¿De que otra forma podemos explicar que en los últimos 6 km de acceso a Punta del Este se hayan medido velocidades mayores a 120 km/h, con la que se demoraría 3 minutos; comparados con los 6 minutos que nos tomaría ir a los señalizados 60?. Recordemos el mensaje: "Más vale perder un minuto en la vida y no la vida en un minuto".
  • La velocidad que nos permite nuestro vehículo. En las últimas décadas las prestaciones son cada vez mejores y mayores. El cenit del velocímetro nos muestra un valor superior en cada modelo. Los impresionantes avances que ha tenido la industria del automóvil han permitido alcanzar velocidades mayores con aceptables niveles de comodidad, seguridad y ambiente. Los sistemas antibloqueo de frenos, de suspensión automática, las bolsas de aire (airbag) y los materiales usados en bastidores y carrocerías hacen que "no nos demos cuenta" si viajamos a dos mil metros por minuto (120 km/h) y que, en caso de producido un siniestro, el diseño vehículo hará lo posible para que no nos hagamos daño.
  • Por último y simplificando el análisis, está la velocidad que desean los vecinos de la zona en la que circulamos. Ésta es siempre menor que las anteriores, máxime si está en área urbana o cercana a escuelas.


  • Cada una de estas representan fuerzas opuestas o por lo menos no coincidentes. ¿Existe algún lugar dónde sean iguales? Sí, sólo en el garaje de nuestro hogar.

    Esta complejidad puede confundirnos al igual que la abundancia o la falta de normas, o señales, pero no debemos olvidar que el principal factor es la falta de percepción del peligro. Según la teoría de la homeostásis del riesgo (Geral Wilde), todo individuo tiene un patrón de riesgo deseado y otro de aceptación del peligro. Éste es el termostato regulador de la seguridad. Si no lo tenemos bien calibrado asumiremos una conducta que nos pondrá en una aventura mortal a nosotros y a los demás.

    A través de un elemento motivador, agrega el propio Wilde, debemos graduar hacia abajo el grado de aceptación individual y social del riesgo. ¿Cómo? Aplicando el "manejo a la defensiva", es decir, usando el cinturón de seguridad, revisando periódicamente el estado técnico del vehículo, respetando señales, adelantando sólo cuando es necesario y anticipando maniobras, entre muchos consejos que conocemos pero no siempre seguimos.

    Si no nos "manejamos" de esa forma, tendremos mayor probabilidad de siniestro y la velocidad, sólo entonces, agravará las consecuencias.

    Entonces ¿a qué velocidad debemos conducir?

    Al conducir asumimos riesgos, seamos o no conscientes de ello. Nuestra formación como conductores y el concepto de vida en sociedad nos debe marcar las reglas de comportamiento, en especial en el tránsito.

    En ese sentido, nuestro RNCV (vigente desde el año 1984) nos propone en forma global: "Los conductores de vehículos, así como de animales deben conducir con prudencia y atención, debiendo ser, en todo momento, dueños del movimiento de los mismos. Están obligados a conducirlos a velocidades prudenciales según lugares y circunstancias para evitar accidentes y perjuicios."

    Queda claro que es al conductor, habilitado por la autoridad competente a través de exámenes y pruebas, que le compete decidir cual es la velocidad prudente. Lamentablemente ese conductor nos sorprende a diario con su impericia e imprudencia. Y en esto no hay que engañarnos, el incumplimiento de los límites de velocidad es habitual, y sólo se respetan cuando las condiciones de tránsito o la vigilancia (agentes de tránsito, radares) lo imponen.

    Por ello además de la claridad de una norma o de una señal lo importante es que cuando se está detrás de un volante seamos conscientes del riesgo que implica superar la velocidad máxima permitida en la zona. Su magnitud debe ser la adecuada a la circunstancia global (triángulo: hombre, vehículo y vía) que plantea la situación de tránsito concreta.

    Uno de los mejores consejos es cumplir lo que ha plasmado el legislador en el artículo 45º del Reglamento General de Circulación de España:
    "Todo conductor está obligado a respetar los límites de velocidad establecidos y a tener en cuenta, además, sus propias condiciones físicas y psíquicas, las características y estado de la vía, del vehículo, las condiciones meteorológicas, ambientales y de circulación, de forma que pueda ajustar la velocidad de su vehículo a la misma y pueda detenerlo dentro de los límites de campo de visión y ante cualquier obstáculo que pueda presentarse."

    Comprendido todo esto, ahora sí, aceleremos.

    Nota: Los valores que se han manejado son a modo de ejemplo y dependen de otras condiciones que por las características sintéticas y expositivas del abordaje se ha preferido omitir.

    Referencias bibliográficas
      < Philip Anthony Gold, "Seguridad en el tránsito. Aplicaciones de ingeniería para reducir accidentes", BID, EEUU, 1998.
    • Dr. Carlos Tabasso, "Fundamentos del Tránsito. Jurídicos, técnicos, accidentológicos. Tomo I, Buenos Aires, 1995.
    • Cal y Mayor, Rafael y Cárdenas, James, "Ingeniería de Tránsito". Fundamentos y aplicaciones", México, 1982.



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